sábado, 12 de enero de 2008
Era su padre, que le pedía que hablara con el único miembro de la familia con quien mantenía buenas relaciones. Su tía abuela, la solterona, había metido cometido otra barbaridad.
Vivía sola en la casona familiar del pueblo, vestigio de los tiempos en que ellos eran los caciques. Ahora se mantenía a duras penas, a pesar de su gran patrimonio. En los buenos tiempos, cuando Víctor era pequeño, esa casa estaba llena de familiares que vívian alrededor del jefe del clan. Entre ellos un matrimonio mal avenido que solía amargar las fiestas con sus discusiones. Normalmente, ella se iba llorando hacia sus habitaciones y su bisabuelo junto con la tía arrastraban al tío Ignacio, su hermano, al despacho. Allí creían que los niños no escucharían los reproches que le dirigían. Falso error: el resto de la familia, niños incluidos, escuchaba la conversación desde el pasillo adyacente.
Un día de Navidad la mujer se ahorcó. Nada mas descubrir su cavader, el tío Ignacio se marchó de casa para siempre. Mientras se alejaba, no paraba de maldecir a todos, sobre todo a su hermana. No volvieron a saber de él hasta años mas tarde, cuando falleció en un convento de Jerónimos de una provincia remota. A pesar de las disposiciones del testamento, se apoderó de una herencia que no le correspondía. Eso fue el motivo por el que rompió relaciones con toda la familia tras una amarga discusión en la que se aludió a un terrible secreto que, salvo ella, el resto quería olvidar. Tan solo mantenía un breve contacto por carta con la madre de Víctor, mas por pena que por verdadero cariño. Él lo continuo por fastidiar a sus padres. Y era el único al que la vieja tenía algo de cariño.